Jue. May 30th, 2024

Alérgico a cualquier exceso, poco afecto de las jergas y las teorías, Milan Kundera fue un «hedonista atrapado en un mundo demasiado politizado».

Por Massimo Rizzante

Milan Kundera, el maestro del arte de la novela, el hombre más simpático del mundo (y el más reservado) se ha ido. Murió en Francia, su “segunda patria”. De esta manera, hace algún tiempo, en un breve diálogo con Antoine Gallimard, definió el país que lo había acogido.

Milan Kundera ha muerto. Pero no hagamos una tragedia de esto. Kundera era alérgico a cualquier exceso. Siempre había preferido a Diderot frente a Dostoievski. Y además, el final de un novelista no es el final de todo. El novelista, había escrito en otra ocasión, “destruye la casa de su vida para construir la casa de la novela”. Sin embargo, él sabía que en la muerte no podría defenderse de todos los misomusos y los agelastas* que deshacen lo que el novelista construye.

Mientras viva, un novelista puede negarse a esta agencia de la tontería universal que son los medios de comunicación masiva y no autorizar la puesta en escena de sus obras. Pero, una vez muerto, todo se simplifica. Sacar una película de uno de sus libros se convierte en un homenaje, en una obligación moral de los que siguen viviendo hacia el que está enterrado: ¿qué puede el testamento de un muerto contra la voluntad fanática de los vivos que quieren testimoniar su amor? Nada, por supuesto, y también el novelista más consciente de su arte tiene que poner en paz su corazón.

Dudaba por eso que académicos y periodistas, aunque solo por falta de humor, pudieran explorar realmente el significado de una novela. Kundera no soportaba las jergas, las teorías. No podía creer cómo, sobre todo en las últimas décadas, se habían llegado a acumular montañas y montañas de textos críticos ilegibles para la mayoría de las personas. La “moral de lo esencial”, desde hace cuarenta años, había sido sustituida por la “moral del archivo”. Afirmaba que todos pueden leer una novela, no todos pueden escribirla. Y aún son menos los que pueden reconocer su valor estético.

No es una casualidad que los malentendidos sobre su obra se sucedan desde el principio. En 1968, después de la invasión rusa de la Checoslovaquia, no podía publicar sus libros. Su primera novela, La broma,se publicó en 1967. La editorial praguense propuso el manuscrito a Gallimard. El manuscrito fue entregado a un lector checo que vivía en París. Este hombre encontró la novela poco interesante. Antonin Liehm, un gran patrocinador del arte checo en Europa, habló con Aragon, el cual, sin siquiera conocer el contenido de la novela, escribió un prefacio y la recomendó a Claude Gallimard.

El libro salió a comienzos de septiembre del 1968, algunas semanas después de la invasión rusa. Kundera, para explicar el enorme éxito del libro en Francia, debido en gran medida a esta coincidencia histórica gracias a la cual el autor se convirtió enseguida en el portavoz de la disidencia mundial, recordaba a menudo el chiste de su mujer Vera: “¡Querido Milan, has llegado a París como un ganador sobre los tanques rusos!”.

A pesar del reconocimiento en el extranjero, Kundera seguía siendo en su patria un escritor prohibido. Sabiendo su condición, un director de teatro le propuso escribir, bajo su nombre, una adaptación de El idiota de Dostoievski. Irritado por la atmósfera demasiado exagerada de la novela, Kundera sintió nostalgia de Diderot. Escribió así su obra de teatro Jacques y su amo, un “homenaje” (¡no una adaptación, no se confunda!) a una de sus novelas más queridas.

Hay un episodio de este periodo que Kundera contaba y que dice mucho sobre su personalidad: la de “un hedonista atrapado en un mundo demasiado politizado”. Durante los primeros días de la ocupación estaba en su coche. Había salido de Praga para llegar a una ciudad cercana. Tres soldados del ejército soviético lo detienen para un control. Al terminar, un oficial le pregunta: “¿Cómo está? ¿Qué tipo de sentimientos tiene?”. La pregunta no es irónica, es seria. Al punto que el oficial continúa: “Mire, se trata de un gran malentendido. No se preocupe. Todo se va a arreglar. Usted tiene que saber que nosotros queremos a los checos. ¡Nosotros los queremos!”. Imaginen a Kundera en un paisaje devastado por los tanques rusos, inquieto sobre el futuro de su país cuya libertad ha sido comprometida por quién sabe cuánto tiempo, y un oficial del ejército soviético que le hace una declaración de amor. El amor, ¡qué no se hace en su nombre! ¡Para demostrarlo, se puede llegar hasta a invadir un país! “La sensibilidad –ha escrito el novelista– es indispensable al hombre […], pero cuando se sustituye al pensamiento racional se convierte en el fundamento mismo de la no comprensión y de la intolerancia”.

Cuando Kundera, hacia el 2010, dijo haber acabado con el arte de la novela, el placer de dar forma ganó todavía una vez sobre la presunción de haberse reconciliado con el mundo. Así, publicó en 2013 La fiesta de la insignificancia (“en virtud de la terrible insignificancia de la vida cotidiana, hasta el bien y el mal pierden su importancia”, había dicho mucho años antes en un seminario): la última “broma”. Para no desmentirse; para huir de la imagen cristalizada de su destino; para no hacer cuadrar las cuentas a los contables de la crítica; para relanzar el desafío a todos los enemigos del arte moderno del siglo XXI; por amistad. Al comienzo de la segunda parte de La fiesta de la insignificancia se lee: “En mi vocabulario de descreído solo hay una palabra sagrada: amistad. Amo a los cuatro compañeros que les he dado a conocer. Es por simpatía que un día le he regalado a Charles el libro de Jruschov para que se divirtieran”. Más allá de todas las leyes de la novela, este gesto de Kundera, lleno de nostalgia y humor, que regala a sus amigos imaginarios, los personajes, un libro sobre un mundo que ya no existe y logra, así, que nos riamos de nuestro mundo, representa tal vez su último testamento. ¿Seremos capaces de no traicionarlo? ~

  • Misomuso es un neologismo inventado por Kundera en El arte de la novela. Designa a aquella persona que no ve otro sentido en el arte que los principios y códigos compartidos; que “se siente humillado por la existencia de una cosa que lo sobrepasa, y la odia”. Agelasta es una persona que no ríe. (N. del E.)